domingo, 14 de julio de 2013

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Voten a mi esposa : la política como bien conyugal

Enfoques
Por lo menos 20 postulantes a las elecciones legislativas colocaron a sus mujeres como candidatas, un fenómeno que, lejos de la anécdota, muestra la resistencia de una idea arcaica del poder, que hace de las esposas "garantes" de los intereses de sus maridos. ¿Cómo conviven mujeres y política en un país gobernado por una Presidenta desde hace seis años?
Por   | LA NACION
Ocurrió en 2004; casi una eternidad. Durante un duro congreso del Partido Justicialista, Cristina Fernández de Kirchner, en aquel tiempo senadora por Santa Cruz y primera dama argentina, fustigó a "las mujeres portadoras de marido". La intervención generó las réplicas airadas de Hilda "Chiche" González de Duhalde y Olga Riutort (por entonces esposa de José Manuel de la Sota), que defendieron tanto sus respectivas trayectorias políticas como sus apellidos de casadas. Consultado por los enfrentamientos de aquel agitado encuentro partidario, Aníbal Fernández habló de "discusiones de alta peluquería". La frase había aludido tanto a hombres como a mujeres, pero quedó, en el imaginario de quienes seguían aquellos acontecimientos, inmediatamente asociada al costado femenino de la pelea.
Nueve años y muchos cambios de tablero después, la denostada categoría "esposa de" insiste -aunque de modo menos estruendoso- en salir al ruedo de la política.
Basta una mirada a la "letra chica" de las listas de candidatos para las elecciones legislativas: en prácticamente todo el arco político asoman los postulantes que incluyen a sus esposas como candidatas. ¿Simple encuentro entre el azar y el cupo femenino? ¿O síntoma de un modo anacrónico de acceder al poder? Las respuestas son tan amplias como complejo es el momento que hoy atraviesan las democracias en general... y el sistema político argentino en particular.

Un fenómeno actual

Agustina Ayllón, esposa de Francisco de Narváez, se postula para una banca en la Cámara de Diputados bonaerense; Delfina Frers, actual mujer de Alberto Rodríguez Saá, encabeza la nómina de distrito a diputados nacionales. Sandra Mendoza, esposa de Jorge Capitanich, se postula para la renovación de la Cámara baja; Alicia Sánchez, esposa de Luis D'Elía, apuesta a ser reelegida como diputada; Mónica Macha, esposa de Martín Sabbatella, se propone como senadora bonaerense; María Helena Chavez, mujer de Felipe Solá, se postula como diputada nacional. Los nombres siguen, hasta llegar a unos 20 casos. En doce de ellos se trata de esposas de intendentes del conurbano.
Como en todo, cada historia es particular: nada garantiza que una mujer sin trayectoria política vaya a ser mejor o peor que tantos varones llegados de ámbitos ajenos a lo político, que también se han postulado. Asimismo, una mujer, independientemente de su apellido de casada, bien puede tener su propia carrera política o, incluso, considerarla una apuesta que se hace de a dos. El matrimonio Kirchner resulta en cierto modo emblemático: la pareja de militantes que, tras crecer juntos en la política y la vida, llegan -primero él; luego ella, impulsada por su marido- a la máxima instancia de gobierno de su país.
Pensadores como el prestigioso politólogo Carlos Strasser (profesor emérito de Flacso, fellow del Wilson Center de Washington) observan el fenómeno como la punta de un iceberg bastante más profundo. "Tras la extinción del Estado de Bienestar, la caída del Muro de Berlín y la implosión del régimen soviético, en todo Occidente entramos a vivir un verdadero apagón ideológico , y los partidos, con sus líderes, dejaron de apasionar y orientar a sus afiliados y militantes, y pasaron a ser nada más que los mecanismos y los rótulos institucionales necesarios para elegir candidatos en tales o cuales comicios electorales -contextualiza el investigador-. Un resultado extra de todo esto es, no sólo que los dirigentes políticos precisan cada vez más disponer de dinero, sino que, en parte por lo mismo, ya no están nunca muy seguros de la lealtad de nadie, por lo que recurren más y más a los cónyuges o los hijos y otros parientes a todos los fines del caso; en este sentido, los bienes conyugales, gananciales, no están libres de sospecha, pero se defienden como pocos rubros, sin hablar de que algunos cargos pagan muy bien."
Marcelo Leiras, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de San Andrés, también se remite a la crisis de los partidos políticos. "Es verdad que el hecho de que sean cónyuges es un poco estereotípico. Y, desde el punto de vista republicano, puede parecer una especie de sucesión dinástica. Sin embargo, no considero que sea un rasgo premoderno, sino el síntoma de organizaciones políticas cerradas y poco competitivas -apunta-. Creo que probablemente el parentesco funciona como una marca: algo que pone orden en esto tan difícil de entender que es el sistema electoral argentino, con candidatos que hoy están en un lugar, mañana en otro distinto... En ese contexto, a alguien le puede dar seguridad el hecho de compartir el apellido."
Si bien no figura en ninguna de las listas que participarán en las próximas elecciones, el nombre de Malena Galmarini es el de una mujer con recorrido propio y, al mismo tiempo, fuertemente comprometida con el proyecto de su marido, Sergio Massa. Marcela Durrieu, madre de Galmarini, fue una de las impulsoras de la ley del cupo femenino que, promulgada en noviembre de 1991, estableció un piso mínimo del 30% de participación femenina en las listas electorales. "Pocas mujeres en política cambian a las mujeres; muchas mujeres en política cambian la política", proclamaban -y se esperanzaban- quienes reclamaban esta ley.
La doctora en Filosofía Diana Maffía, que fue parte del fervor por la sanción del cupo y hoy tiene una postura muy crítica sobre el modo en que está funcionando, reconoce, no obstante, que su existencia marcó un imprescindible antes y después. "El Nos, los representantes.. de la Constitución de 1853 suponía sólo varones. El Nos de la Constitución de 1994 incluye mujeres", ilustra, enfática, Maffía.
La diferencia no resultó ser gratuita. Durante la Convención Constituyente de mediados de los 90, recuerda la filósofa, se puso en evidencia una "transversalidad de género" que potenció discusiones clave para la perspectiva de género; aspecto que luego reaparecería en el tratamiento parlamentario de las leyes donde el cuerpo femenino es protagonista: parto humanizado, ligadura de trompas, violencia de género, acoso, trata.
Maffía, que actualmente dirige el Observatorio de Género en la Justicia de la Ciudad de Buenos Aires, entre 2007 y 2011 fue legisladora porteña, y entre 1998 y 2003, defensora adjunta del Pueblo de la Ciudad, considera que existe un aspecto negativo del cupo. "Rápidamente hubo un reconocimiento por parte de los dirigentes políticos de que se habían condicionado -explica-. No se podían hacer arreglos de lista como se venían haciendo, sino que había que contemplar a las mujeres. Descubrir ese condicionamiento hizo pensar en la manera de retener el poder a pesar de ceder lugar: que sea un bien ganancial."
 
Desde este punto de vista, la noticia difícil de digerir sería que, aun con una presidenta mujer, ministras, gobernadoras, intendentas y -según un informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo- uno de los parlamentos con mayor proporción de mujeres del mundo, en nuestro país persistiría un concepto degradado de lo que significa la participación femenina en política. Una frase, asegura Maffía, resulta especialmente sintomática: el cupo lo paga la minoría. "Lo que significa es que en la cultura de machos de la política, que te toque poner una mujer es considerado un castigo a tu debilidad en la negociación", explica, severa, la ex legisladora.
Si a estas cuestiones se suma el encuentro entre el cupo y la figura del cónyuge, se hace difícil no pensar en la sombra recurrente del nepotismo, una práctica arraigada en la cultura política provincial. Leiras le saca dramatismo al asunto: "La ley de cupo tuvo un efecto muy positivo, y al colocar cónyuges alguien podría pensar que se le está sacando el lugar a otra mujer. Accederían, no tanto por mujeres, sino por parientes -reflexiona-. Pero, en rigor, hasta verlas actuar no habría que preocuparse".

Todo cambia

Las chicas en minifalda que, en Praga, desafiaban a los tanques soviéticos. Las que en mayo del 68 estampaban Prohibido prohibir en las calles de París o en los 70 inundaban nuestra Plaza de Mayo. Las que hace muy poco participaron en las revueltas de Turquía y hasta se permitieron el lujo -como tantas de sus antecesoras- de darles rienda suelta a los besos con un eventual compañero, dentro de los micros utilizados como barricadas, en medio de la adrenalina de la protesta. Postales de una tradición que marcó a fuego la segunda mitad del siglo XX y sigue en el presente: la sospecha de que poco en la esfera de lo público puede cambiar si no se transforman, a su vez, las vidas privadas.
"La cultura, en el amplio sentido antropológico de la palabra, cambia sólo muy lenta y pausadamente, se toma mucho tiempo para reconvertirse -postula Carlos Strasser-. Así es como el machismo sigue entre nosotros dominando en casi todos los órdenes, empezando quizá por el económico y el del empleo. El avance femenino en lo sexual y en el plano universitario, que en la última generación ha sido enorme, no debe confundirnos. La existencia cotidiana del grueso de las mujeres sigue fundamentalmente atrapada por los hijos y la casa, eso cuando encima no contribuyen a parar la olla , de forma que una vida política, más todavía que la social, implica para la mayoría un desafío extraordinario."
En este sentido, el cupo vino a actuar sobre varios aspectos cruciales. Generó un efecto de justicia distributiva, en tanto las mujeres constituyen la mitad de la población. Profundizó en el concepto de la representación, al hacer presentes necesidades y puntos de vista de las mujeres. Y, también, intentó incidir en el gran tema: la brecha entre los modos masculino y femenino de posicionarse -y estar condicionados- ante cierta idea del poder.
Tomando algunas de las categorías desarrolladas por Jacques Lacan, Mario Zerbino, psicoanalista y profesor del Instituto Walter Benjamin, señala: "Independientemente de su formación política, las mujeres tienen un funcionamiento ligado a la lógica del no-todo y los hombres, a la lógica del todo. Muchas de estas mujeres que acceden a lo político de la mano del marido están hablando de algo del amor. Aun desde ahí pueden hacer un aporte diferente al que haríamos los hombres".
Por su parte, Diana Maffía apela a las investigaciones en temáticas de género y a su propia experiencia en las arenas políticas: "Hay un concepto del poder como dominio, que es territorial: si el otro avanza, yo retrocedo -comenta-. Esto resulta hostil con nuestra socialización, marcada por lo maternal, lo subjetivo, la cooperación. Entonces, tenés un doble casete, una condición esquizofrénica que a los varones no se les exige".
Hubo que esperar a 1952 para que la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptara la Convención sobre los derechos políticos de la mujer. Un año antes, en nuestro país, se realizaba la primera elección que incluyó el sufragio femenino. Un puñado de generaciones de mujeres con plenos derechos civiles; muchas menos nacidas en tiempos de un Parlamento con franca presencia femenina. Mientras las democracias occidentales se debaten en una crisis de difícil pronóstico, la transformación del lugar político y social de la mujer continúa. ¿Existe un modo femenino de construir el poder o su propio diseño implica rasgos tradicionalmente asociados a lo masculino? Cuando la Presidenta dice: "Me atacan porque soy mujer", ¿reivindica un lugar de género o, por el contrario, se inscribe en la idea de que se puede acceder al poder... pese a ser mujer?

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